Este sábado 11 de mayo se realizó el sétimo día de la novena a San Isidro Labrador, con la visita de Mons. Juan Miguel Castro Rojas, Obispo de San Isidro, a las comunidades indígenas de la Parroquia de Buenos Aires, con el deseo de hacer visible una Iglesia animada.

Ahí, familias de la localidad esperaban al Obispo, para compartir junto a él en medio de la naturaleza y con la sencillez característica, un desayuno tradicional, razón por la cual se degustó del tamal de arroz con bebida de chocolate hecho artesanalmente, atol de banano y maíz, y chicha como bebida típica de la zona.

Seguidamente, se visitaron enfermos de la comunidad con ayuda de Pedro Zúñiga, ministro, quien guio a monseñor para llegar primero a casa de Pablo Obando vecino no oyente, y luego caminando, el obispo se dirigió hasta la casa de Evangelina Obando adulta mayor, ocasión propicia para animar a los familiares en medio de la enfermedad y valorar la misión que realizan; finalmente, visitó a Kevin y Cristofer, jóvenes con capacidades especiales, ahí el obispo exalto la misión de la madre de los jóvenes, quien agradece a Dios por sus hijos a quienes recibe con particular amor.

Tras el almuerzo en el rancho de Zacarías y Adelaida, en el que se dialogó sobre el esfuerzo que han hecho para estudiar sin descuidar los trabajos en el rancho, el obispo se dirigió a la comunidad de Yeri, comunidad que carece de luz eléctrica y lugar donde el obispo sostuvo un encuentro con los pobladores, quienes le compartieron sus luchas y sueños, así como la preocupación ante realidades ajenas y negativas que quieren introducirse en la vida cotidiana.

Y añadió, «como Iglesia animada estamos llamados a respetar a nuestros hermanos originarios de estas tierras, a valorar sus creencias e inculturar el Evangelio entre ellos para el fortalecimiento de su credo, a escuchar sus tradiciones religiosas, culturales, educativas, para reconocer la riqueza ancestral, a apoyarlos en sus necesidades y proyectos, así como defender su cultura, idioma y costumbres. Yo como pastor tengo la convicción de que la Iglesia existe para servir y vivir el amor al prójimo y de aquellos que la necesitan gracias a la animación del Espíritu Santo. No es lícito ante los ojos del Señor excluir a nuestros hermanos aborígenes o considerarlos personas de otra categoría, al contrario, son los predilectos del Señor en nuestra Diócesis, los referentes de un Dios que no hace acepciones de personas, sino que los llama a la salvación. Por eso, les exhorto a caminar juntos en la propagación del Evangelio con responsabilidad y solidaridad».




