Este lunes 22 de septiembre marca el inicio de la XVI Asamblea Diocesana, encuentro fraterno y solidario vivido en clima de corresponsabilidad y sinodalidad, que busca la realización del plan o líneas generales básicas para la vida pastoral y evangelizadora.
La jornada vespertina dio inicio con el mensaje inaugural por parte de Mons. Juan Miguel Castro Rojas, Obispo de la Diócesis de San Isidro, quien recordó que éste, es “un acontecimiento de gracia, un tiempo del Espíritu. No estamos aquí por iniciativa propia, sino porque el Señor mismo nos convoca, nos reúne y nos envía. Él quiere que su Iglesia en San Isidro siga caminando unida, fiel a su Evangelio y abierta a los signos de los tiempos”; y volviendo, sobre su carta pastoral precisó que no ha de archivarse, sino que éste es: “un llamado a convertirnos pastoralmente, a revisar nuestros estilos de vida y de misión, a ser una Iglesia que no se conforma con lo mínimo, sino que se arriesga a dar pasos nuevos”.
Posteriormente, el P. Óscar Navarro Hernández, Vicario Episcopal de la Pastoral, hizo un breve recorrido histórico, desempolvando recuerdos mozos sobre materiales inéditos que cuentan en el tiempo los primeros esfuerzos de organización pastoral, así como los planes que se han dado como fruto de la reflexión profunda y del deseo de evangelizar la realidad a través de las décadas. Este espacio, sirvió también para recordar el legado de grandes pensadores como el P. Noel Antillón y otros, que ya se nos adelantado.

Tras el trabajo en grupos, los participantes de la Asamblea Diocesana celebraron la Eucaristía, momento preciso para que Mons. Juan Miguel Castro Rojas, alentara con estas palabras: “la primera lectura nos presenta a un rey pagano, Ciro, que por inspiración de Dios permite el regreso del pueblo a Jerusalén y la reconstrucción del templo. Lo que parecía imposible, se hizo realidad: Dios abre caminos donde no los había. Esto nos recuerda que la Iglesia no camina por sus propias fuerzas, sino por la acción del Espíritu Santo. Él suscita oportunidades, levanta instrumentos, incluso donde menos lo esperamos. Nuestra Asamblea es también un volver a Jerusalén espiritual: es tiempo de reconstruir lo que se ha debilitado, de renovar nuestras comunidades, de fortalecer la vida pastoral”.

Finalmente, ante Jesús Sacramentado, los asambleístas vivimos un momento de encuentro y refugio en la fuente de todo consuelo y esperanza; así, poco a poco se fueron presentando diferentes realidades diocesanas, sectores, historias y vidas, que con su testimonio hablaron a Jesús de lo que vive nuestra Iglesia Particular y como hermanos nos unimos en plegaria, pidiendo a Dios su gracia sanadora y alentadora para saber releer nuestra historia con fe, como historia de salvación.




