La tarde de este domingo 8 de junio, con nostalgia y dolor desde el punto de vista humano, pero con la confianza y esperanza que reconforta la fe, fieles y presbiterio de la Diócesis de San Isidro dieron el último a Dios a quien en vida fue el querido sacerdote Padre Oldemar Solís Ureña, su sonrisa y libertad, su humildad y natural jocosidad, marcaron la vida de propios y extraños que le conocieron; su partida repentina nos sorprende, pero nos reconforta saber que el Señor le ha llamado tras una vida de entrega apasionada, de servicio y amor genuino.

El prelado, entrelazó esta solemnidad litúrgica al acontecimiento del deceso del cohermano presbítero, y dijo: «ese mismo Espiritu que llenó a los apóstoles, fue derramado también sobre Oldemar en el bautismo, y de manera particular el día de su ordenación sacerdotal. Ese día, el Espíritu lo consagró para ser presencia de Cristo Pastor en medio de su pueblo: para proclamar la Palabra, para celebrar los sacramentos, para consolar a los tristes, para animar a los que se sentían solos». Y agregó: «su vida, con luces y sombras como toda vida humana, fue una ofrenda hecha con sencillez, con fidelidad y con entrega pastoral».

Como bien sabemos, muchos recuerdan al querido Padre Olde en las largas jornadas de comfesiones en Catedral hace unos años atrás, una palabra al respecto tuvo también el Obispo Castro: «la paz esté con ustedes. Como el Padre me ha enviado, así también los envio yo (Jn 20,21), esas palabras las escuchó y vivió también nuestro hermano Oldemar. Fue enviado. Fue consagrado. Recibió el don del perdón de los pecados y el mandato de ser instrumento de paz, de misericordia y de reconciliación. A cuántos les devolvió la esperanza desde el confesionario, cuántos encontraron consuelo en una palabra suya, cuántos comieron el Pan de Vida de sus manos sacerdotales».

Por tanto, «pidamos al Espíritu Santo que nos consuele en este duelo, que nos renueve como presbiterio, que suscite nuevas vocaciones sacerdotales, y que nos haga Iglesia viva, unida, ardiente, misionera. Que el sacrificio y el testimonio de nuestros sacerdotes que ya partieron, sea semilla de fidelidad para los que quedamos», concluyó.



