En el segundo día de la visita de carácter pastoral que realiza el Nuncio Apostólico en Costa Rica, Mons. Mark Gerard Miles, a la Diócesis de Diócesis de San Isidro, marcó un significativo encuentro con la vida consagrada y el clero diocesano. Esta actividad se llevó a cabo en el Centro Don Bosco, en un ambiente de cercanía, fraternidad y comunión eclesial.
El encuentro dio inicio con un momento de convivencia fraterna en el que sacerdotes, religiosas y religiosos compartieron los alimentos, propiciando un espacio de diálogo sencillo y cercano con el representante del Santo Padre en el país. Este primer momento de la jornada permitió fortalecer los lazos de comunión entre los presentes.
Posteriormente se celebró la Santa Eucaristía, centro de la vida de la Iglesia, en la que se elevó la oración por la misión evangelizadora de la Diócesis y por el servicio pastoral de quienes dedican su vida al anuncio del Evangelio. Durante la homilía, el legado pontificio indicó: “en un mundo saturado de voces, corremos el riesgo de creer que ya lo hemos escuchado todo. Sin embargo, es necesario permanecer siempre disponibles para aprender, abiertos a la novedad permanente que encierra la Palabra de Dios. Ojalá sepamos comprometernos con esta escucha, siendo un pueblo atento y dispuesto a la conversión. Es una verdadera alegría poder encontrarme con todos ustedes, y de manera particular con los sacerdotes, consagrados y consagradas que han acudido a este encuentro fraterno con motivo de esta visita”, señaló.

Al finalizar la Eucaristía, Mons. Miles compartió un mensaje espontáneo desarrollado en tres puntos, en el que animó a los presentes a continuar su servicio con esperanza, fidelidad y espíritu de comunión. Al respecto, precisó: primero, en el ministerio mucho cansancio llega al cuerpo y al corazón, a veces no somos muy buenos en el descansar en el Señor, debemos pelear con nosotros mismos para sacar espacios y estar una hora delante del Santísimo, es muy importante descansar en el Señor; segundo, descanso por medio de la fraternidad diocesana y vida religiosa para no padecer de egoísmo; y tercero, ser obedientes a los superiores.




